miércoles, 20 de octubre de 2010

La honestidad del pensador

Como sacerdote, yo me siento muy enriquecido por la teología de Segundo. Fue un hombre de una honestidad intelectual enorme. Por eso es que creo que nunca tuvo concesiones consigo mismo, ni con su pensamiento.
No se admitió caer en "lugares comunes", dar por supuestos los argumentos sobre los que construía sus reflexiones, o sustentarlos en el prestigio y los reconocimientos que había ido adquiriendo a lo largo de los años.
Siempre me pareció un hombre capaz de reflexionar a la intemperie, poniendo sobre la mesa todas las particularidades y las limitaciones de su propia reflexión.
Y lo más interesante es que él hizo de esas limitaciones el punto desde el cual cuestionar o dialogar con otras teologías.
Porque creo que para él no era un defecto el reconocer la relatividad de su propia reflexión; por eso no lo vivió como algo que había que ocultar o justificar.
Y justamente porque fue un pensador sin concesiones consigo mismo, llegó a darse cuenta de que las condicionantes que tenían sus reflexiones, eran algo ineliminable de cualquier reflexión sobre el hombre.
Y esta honestidad se transformaba en un ingrediente necesario para no "inmunizarse" frente a las críticas que recibía desde las diferentes teologías o desde otros pensamientos no cristianos.
Creo que todo esto ha sido un aporte muy rico, muy original del pensamiento de Segundo.

Pablo Bonavía
Presbítero de la Diócesis de Montevideo.

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